El Consejo de Cristo a la iglesia de hoy (Apocalipsis 3: 18-19)

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Por Lolo Morales

«Yo te aconsejo que de mí compres oro refinado por el fuego para que te hagas rico, y vestiduras blancas para que te vistas y no se descubra la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos para que veas» [Yo, Jesucristo] (Apocalipsis 3:18-19)

Es una expresión simbólica y no significa el oro común y corriente. El oro de Dios es la fe, que nos enriquece espiritualmente (1ra. De Pedro 1:37). Solamente en Cristo se puede comprar ese oro espiritual; ningún otro lo posee. Por eso, no se puede comprar ni de la iglesia ni de los siervos de Dios. Aunque la iglesia lo tenga, será únicamente para sí. Ni la iglesia ni los siervos pueden concederla a otros, especialmente cuando no lo quieren ceder.

El Señor Jesús vende este oro de la fe únicamente a cambio del arrepentimiento que proviene de leer u oír la Palabra de Dios (Romanos 10:17), por la oración (Lucas 17:5), por el recibimiento del Espíritu Santo (14ª. De Corintios 12:9). Quien posee este oro de la fe, aunque materialmente sea pobre, es rico espiritualmente y heredero del reino de Dios (Santiago 2:5). Todos los dones espirituales y las bendiciones, nosotros las obtenemos de Dios por medio de la fe; por eso la fe es la que nos enriquece.

Mas adelante, el Señor recomienda comprar de El «vestiduras blancas» para cubrirse. Vestidura blanca es la Justicia de Dios, o la justicia de los santos (Apocalipsis 19:8. Esto significa el perdón de nuestros pecados, purificación mediante la sangre de Cristo (Gálatas 3: 26-27). Humanamente hablando, la vestidura blanca es la vida exterior, limpia, de acuerdo a a la limpieza interior.

«Vergüenza de tu desnudez». Es la arruinada, pecadora y desvergonzada conducta de la persona, que muestra también cual es su alma y su estado interior. «Por sus frutos los conoceréis».

Po ultimo, el Señor recomienda: «Unge tus ojos con colirio para que veas». Colirio para los ojos es el Espíritu Santo, que ilumina los ojos del corazón para que pueda ver las cosas espirituales (Efesios 1: 17-18). El apóstol Juan llama al Espíritu Santo simplemente «unción», es decir, colirio (1ra. De Juan 2:20-27).

Existe la tradición de que en Laodicea* había una escuela de medicina, la que se hizo ampliamente conocida por el colirio que hacia para la vista. Si esto es realmente cierto, es muy probable que el Señor, refiriéndose a este colirio, recomiende a la iglesia de Laodicea curar sus ojos espirituales.

En efecto, mientras el Espíritu Santo no abra los ojos espirituales a la persona, la misma nunca podrá alcanzar a ver lo divino y espiritual.

Hay una palabra más que debemos recordar y que pertenece a alas recomendaciones del Señor. Es la palabra «¡Arrepiéntete!» esta palabra es en realidad la «compra» de la que ya hemos hablado, de la Gracia de Cristo. Sin el arrepentimiento es imposible obtener ni el oro de la fe, la vestimenta espiritual, ni el colirio para los ojos; en una palabra, nada. Porque «Dios no oye a los pecadores» (Juan 9:31), y para no ser un pecador es necesario el arrepentimiento genuino. Podría pensar cualquiera que este es un precio bajo para estos tesoros espirituales. Es cierto que es barato, pero nosotros no podemos dar nada más a Dios. Y aunque esto no es nada en comparación con lo que Dios nos da a cambio del arrepentimiento, no deja de ser el precio mas alto que estamos en condiciones de pagar.

Porque el arrepentimiento incluye también el dolor por lo pasado, y una decisión categórica para romper con lo pasado; además un sincero y completo regreso a Dios, una absoluta entrega de uno mismo a Dios.

El arrepentimiento no es una vana comedia con la que mucha gente se engaña a si misma, al sacerdote o a Dios. Cuando una persona esta ante el confesor, inconscientemente declara que se arrepiente en ese momento, cuando, en realidad, ni ha pensado en el arrepentimiento. Aun más: no solo esa persona, sino el sacerdote que confiesa al penitente (caso típico en el catolicismo), tampoco piensa que esa persona realmente se arrepentirá. Si tal persona de veras se arrepintiera, el sacerdote se asombraría. Quizá comenzaría a aconsejarle que dejase sus «manías» y comenzara a vivir nuevamente como todos, esto es, en sus pecados y delitos.

*Laodicea: Ciudad construida por el rey sirio de la descendencia de Seleuco, Antíoco II, alrededor del año 250 a. de C.. El la llamó Laodicea en honor  a su esposa, del mismo nombre, la que más tarde «se lo agradeció envenenándole».

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~ por Lolo Morales en enero 30, 2009.

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